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lunes 5 de diciembre de 2011

Adiós, doctor


Por Juan Carlos Crespo

Era verano, y España estaba patas arriba. Gobernaba un partido que se disolvía como un azucarillo; había dimitido Adolfo Suárez, conductor de los primeros años de la democracia e impulsor de la Constitución, y gobernaba Calvo Sotelo, un hombre de apariencia gris cuyo aspecto indiferente contrastaba con la firmeza de sus actuaciones. España apuntaba a la izquierda, pero todavía resonaban los disparos de un guardia civil que un año antes, en el Congreso, había querido retroceder cuatro décadas en el tiempo.

Era verano… y había fútbol. Un festín para un país con sólo dos canales de televisión pública. Fútbol, además, del bueno. Se jugaba un Mundial, y se jugaba en España, que era tanto como decir que el país se sacudía el polvo de la dictadura y que nos dejaban organizar eventos de gran magnitud.

Aquel verano del 82, al Mundial se le dibujó una naranja como mascota, se remodelaron estadios, se construyeron unas cuantas carreteras y nos dispusimos a disfrutar del fútbol. En ésas, descubrimos que Italia era cicatera en grado sumo; nos cautivó Camerún, con su uniforme colorido y su desparpajo; supimos que Alemania Federal ya no era la de Beckenbauer y que, además, si se daba el caso, tampoco le importaba pastelear un resultado.

También vimos por primera vez en directo a Maradona, ese chaval argentino por el que el Barça había pagado una barbaridad, pero que empezó perdiendo con Bélgica, otro equipo antipático. Allí estaba Francia, cosa seria: Platini, Giresse, Genghini… Y estábamos nosotros: España. Enseguida intuimos que no había nada que hacer con aquel equipo, por más que público y árbitros remaran a favor.

Y casi pensábamos que estaba todo visto cuando una noche, en Sevilla, apareció la selección de Brasil para enfrentarse a la URSS de Blokhine y Dassaev. Brasil te enamoraba desde el himno. Cantaban Junior, Falçao, Zico, Eder y Toninho Cerezo con la camiseta amarilla y se intuía algo grande. Y la intuición se convertía en certeza cuando la cámara se detenía en el capitán. Un tipo de 1,90, mirada afilada, barba y melena al estilo del Ché y que, además de futbolista, era médico, calzaba sólo un 37 y tenía nombre de filósofo griego: Sócrates, ni más ni menos

Puesta en acción, la selección de Brasil superaba lo imaginable. Pronto descubrimos que el portero no daba para mucho; la defensa, tampoco, y además el delantero centro estaba bajo sospecha. No nos detuvimos en ello. Llegaba el balón a Junior, a Cerezo, a Falçao, a Zico, a Sócrates, y obedecía como una mascota. Volaba del exterior de una bota al tacón de otra mientras flotaba sobre el césped una tormenta de camisetas amarillas, pantalones azules y medias blancas a cuál más elegante. Se sucedían las fintas, los regates, y el balón tomaba efectos imposibles. Brasil atacaba en tropel, sin esfuerzo aparente, irresistible, convencida de poseer la fórmula mágica para derribar cualquier muralla. 


Aquel día, en Sevilla, marcó primero la URSS. Un remate lejano que hubiera parado un juvenil, pero no el dudoso portero de aquel equipo mágico. Harto de aquella muralla soviética que no cedía, Sócrates agarró un balón en la zona de volantes. Quebró a un rival hacia su derecha y armó la pierna… para quebrar de nuevo a la derecha y sacar un disparo seco, a la escuadra. Dassaev, el mejor portero de su tiempo, añadió belleza al gol con una estirada tan hermosa como inútil.

Difícil mejorar aquello. Pero Brasil se dispuso a ello. Se escapaban las ocasiones cuando aquel balón-mascota navegó por la derecha buscando la caricia de Falçao, que separó las piernas y lo dejó pasar a zona de nadie. En realidad, era la zona de Eder: apareció en carrera, lo levantó medio metro con la puntera izquierda y lo golpeó con el mismo pie sin dejarlo botar, mientras explicaba al mundo y a un petrificado Dassaev el secreto de la folha seca. 

Brasil fue desde ese instante el equipo de todos. Lo fue en los otros dos partidos de grupo y lo fue aún más en la fase de cuartos del desaparecido Sarriá: futbolistas excelsos domaban el balón mientras bailaba la torcida y volaban cometas de la grada al cielo, señalando el lugar donde se inventaba un fútbol irrepetible.

Hasta que en la segunda tarde de Sarriá, Paolo Rossi asesinó al unicornio. Despreocupada Brasil por defender, rindió su magia a la proverbial eficacia italiana. Perdió 3-2 en un partido hermoso. No exagero si digo que los aficionados españoles lo sentimos más que la eliminación de España

En el 86 no fue lo mismo. En el 86, Maradona era Maradona; España o Dinamarca jugaban muy bien, Alemania tenía un gran equipo, y a Brasil… a Brasil nos empeñábamos todos en compararla con la del 82. Sócrates, a sus 32 años, aún daba para mucho, pero Zico estaba lesionado… y los penaltis la dejaron fuera en cuartos frente a la Francia de Platini, otra megaestrella en el tramo final de su carrera.

¿Y cómo era Sócrates? Ante todo, era elegante. Jugador de jerarquía, cabeza alta y pecho adelantado. Dominaba la escena como antes lo hiciera Beckenbauer o luego Zidane. Probablemente su juego tenía algo de Xavi Hernández: esa capacidad para marcar el ritmo del partido, para elegir la pausa o la prisa, y debió heredar del genial Garrincha la idea de que el fútbol es ante todo diversión. De paso, tenía una rara habilidad para asumir el mando del ataque y resolver con un regate, con un disparo o hasta con un remate de cabeza. Jugaba con cada centímetro de su pie, y hacía que resultara natural. Si tocaba con el exterior, es porque era ésa la rosca más conveniente; y si la daba de tacón, a veces sin mirar, era porque ese gesto despejaba más que ningún otro la jugada. 

En carrera era suave. Galopaba y el balón le acompañaba pegado a la bota así cambiara el ritmo o la dirección. Y transmitía autoridad. También lo hacía fuera del campo: culto, transgresor, públicamente comprometido con los derechos sociales y la democracia en un Brasil aún sumido en la dictadura, Sócrates entendió bien que el fútbol sirve para hacer feliz a la gente, pero que hay cosas mucho más importantes que el balón. 

Quizá por eso, cuando su Brasil cayó eliminado en Sarriá, Sócrates sentenció: “Mala suerte, y peor para el fútbol”. Lo primero es indudable. Lo segundo es dudoso: en su condición de derrotada, aquella selección de Brasil del verano del 82 se rodeó de una leyenda perfecta. Fue superada en el marcador, adoptó el aura frágil y tierna de los perdedores… y desde entonces no ha parado de sobrevivir y crecer en la memoria como prueba irrefutable de que es la belleza del juego lo que hace feliz a la gente y lo que distingue a un equipo legendario. 

3 comentarios:

fran dijo...

Cronica perfecta,ese equipo de futbol era unico,enamoraba,no se discutia era espectacular.

Edgardo dijo...

Que articulo estupendo! Felicitaciones, Don Crespo. (Y disculpe, no puedo poner los acentos.)

francisco dijo...

Magnífico, tanto aquel equipo lleno de gloria como su crónica.
Felicidades

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