Por Juan Carlos Crespo
Era
verano, y España estaba patas arriba. Gobernaba un partido que se
disolvía como un azucarillo; había dimitido Adolfo Suárez, conductor de los
primeros años de la democracia e impulsor de la Constitución, y gobernaba Calvo
Sotelo, un hombre de apariencia gris cuyo aspecto indiferente contrastaba con
la firmeza de sus actuaciones. España apuntaba a la izquierda, pero todavía
resonaban los disparos de un guardia civil que un año antes, en el Congreso,
había querido retroceder cuatro décadas en el tiempo.
Era
verano… y había fútbol. Un festín para un país con sólo dos canales de televisión
pública. Fútbol, además, del bueno. Se jugaba un Mundial, y se jugaba en
España, que era tanto como decir que el país se sacudía el polvo de la dictadura y que nos dejaban
organizar eventos de gran magnitud.
Aquel
verano del 82, al Mundial se le dibujó una naranja como mascota, se remodelaron
estadios, se construyeron unas cuantas carreteras y nos dispusimos a disfrutar
del fútbol. En ésas, descubrimos que Italia era cicatera en grado sumo; nos cautivó
Camerún, con su uniforme colorido y su desparpajo; supimos que Alemania Federal
ya no era la de Beckenbauer y que, además, si se daba el caso, tampoco le importaba
pastelear un resultado.
También
vimos por primera vez en directo a Maradona, ese chaval argentino por el que el
Barça había pagado una barbaridad, pero que empezó perdiendo con Bélgica, otro
equipo antipático. Allí estaba Francia, cosa seria: Platini, Giresse, Genghini…
Y estábamos nosotros: España. Enseguida intuimos que no había nada que hacer
con aquel equipo, por más que público y árbitros remaran a favor.
Y
casi pensábamos que estaba todo visto cuando una noche, en Sevilla, apareció la
selección de Brasil para enfrentarse a la URSS de Blokhine y Dassaev. Brasil te
enamoraba desde el himno. Cantaban Junior, Falçao, Zico, Eder y Toninho Cerezo con
la camiseta amarilla y se intuía algo grande. Y la intuición se convertía en
certeza cuando la cámara se detenía en el capitán. Un tipo de 1,90, mirada
afilada, barba y melena al estilo del Ché y que, además de futbolista, era
médico, calzaba sólo un 37 y tenía nombre de filósofo griego: Sócrates, ni más
ni menos.
Puesta
en acción, la selección de Brasil superaba lo imaginable. Pronto descubrimos
que el portero no daba para mucho; la defensa, tampoco, y además el delantero
centro estaba bajo sospecha. No nos detuvimos en ello. Llegaba el balón a
Junior, a Cerezo, a Falçao, a Zico, a Sócrates, y obedecía como una mascota.
Volaba del exterior de una bota al tacón de otra mientras flotaba sobre el
césped una tormenta de camisetas amarillas, pantalones azules y medias blancas
a cuál más elegante. Se sucedían las fintas, los regates, y el balón tomaba
efectos imposibles. Brasil atacaba en tropel, sin esfuerzo aparente,
irresistible, convencida de poseer la fórmula mágica para derribar cualquier
muralla.
Aquel
día, en Sevilla, marcó primero la URSS. Un remate lejano que hubiera parado un
juvenil, pero no el dudoso portero de aquel equipo mágico. Harto de aquella
muralla soviética que no cedía, Sócrates agarró un balón en la zona de
volantes. Quebró a un rival hacia su derecha y armó la pierna… para quebrar de
nuevo a la derecha y sacar un disparo seco, a la escuadra. Dassaev, el mejor
portero de su tiempo, añadió belleza al gol con una estirada tan hermosa como
inútil.
Difícil
mejorar aquello. Pero Brasil se dispuso a ello. Se escapaban las ocasiones
cuando aquel balón-mascota navegó por la derecha buscando la caricia de Falçao,
que separó las piernas y lo dejó pasar a zona de nadie. En realidad, era la
zona de Eder: apareció en carrera, lo levantó medio metro con la puntera izquierda
y lo golpeó con el mismo pie sin dejarlo botar, mientras explicaba al mundo y a
un petrificado Dassaev el secreto de la folha
seca.
Brasil
fue desde ese instante el equipo de todos. Lo fue en los otros dos partidos de grupo
y lo fue aún más en la fase de cuartos del desaparecido Sarriá: futbolistas excelsos domaban el balón mientras bailaba la torcida y volaban cometas de la grada al cielo, señalando el lugar
donde se inventaba un fútbol irrepetible.
Hasta
que en la segunda tarde de Sarriá, Paolo Rossi asesinó al unicornio.
Despreocupada Brasil por defender, rindió su magia a la proverbial eficacia
italiana. Perdió 3-2 en un partido hermoso. No exagero si digo que los
aficionados españoles lo sentimos más que la eliminación de España.
En
el 86 no fue lo mismo. En el 86, Maradona era Maradona; España o Dinamarca
jugaban muy bien, Alemania tenía un gran equipo, y a Brasil… a Brasil nos
empeñábamos todos en compararla con la del 82. Sócrates, a sus 32 años, aún daba para mucho, pero Zico estaba lesionado… y los penaltis la dejaron fuera en cuartos frente a la
Francia de Platini, otra megaestrella en el tramo final de su carrera.
¿Y
cómo era Sócrates? Ante todo, era elegante. Jugador de jerarquía, cabeza alta y
pecho adelantado. Dominaba la escena como antes lo hiciera Beckenbauer o luego
Zidane. Probablemente su juego tenía algo de Xavi Hernández: esa capacidad para
marcar el ritmo del partido, para elegir la pausa o la prisa, y debió heredar del genial Garrincha la idea de que el fútbol es ante todo diversión. De paso, tenía una rara
habilidad para asumir el mando del ataque y resolver con un regate, con un
disparo o hasta con un remate de cabeza. Jugaba con cada centímetro de su pie,
y hacía que resultara natural. Si tocaba con el exterior, es porque era ésa la
rosca más conveniente; y si la daba de tacón, a veces sin mirar, era porque ese
gesto despejaba más que ningún otro la jugada.
En
carrera era suave. Galopaba y el balón le acompañaba pegado a la bota así
cambiara el ritmo o la dirección. Y transmitía autoridad. También lo hacía
fuera del campo: culto, transgresor, públicamente comprometido con los derechos
sociales y la democracia en un Brasil aún sumido en la dictadura, Sócrates
entendió bien que el fútbol sirve para hacer feliz a la gente, pero que hay
cosas mucho más importantes que el balón.
Quizá
por eso, cuando su Brasil cayó eliminado en Sarriá, Sócrates sentenció: “Mala
suerte, y peor para el fútbol”. Lo primero es indudable. Lo segundo es dudoso:
en su condición de derrotada, aquella selección de Brasil del verano del 82 se
rodeó de una leyenda perfecta. Fue superada en el marcador, adoptó el aura
frágil y tierna de los perdedores… y desde entonces no ha parado de sobrevivir y crecer
en la memoria como prueba irrefutable de que es la belleza del juego lo que
hace feliz a la gente y lo que distingue a un equipo legendario.






3 comentarios:
Cronica perfecta,ese equipo de futbol era unico,enamoraba,no se discutia era espectacular.
Que articulo estupendo! Felicitaciones, Don Crespo. (Y disculpe, no puedo poner los acentos.)
Magnífico, tanto aquel equipo lleno de gloria como su crónica.
Felicidades
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